La verdadera razón de que decidir cueste
La mayoría de las veces no puedes elegir no porque te falte información, sino porque intentas encontrar una opción de la que nunca te arrepientas.
Pero toda elección implica renunciar a otras posibilidades, y arrepentirse forma parte de elegir, no es prueba de fracaso. En cuanto aceptas eso, decides mucho más rápido.
Método uno: separa lo reversible de lo irreversible
Clasifica en dos tipos las opciones que te bloquean. Las decisiones reversibles —probar otro restaurante, qué libro comprar, adónde ir el fin de semana— cuestan poco si te equivocas, así que escoge una sin más. Cada minuto de duda cuesta más que equivocarte.
Las decisiones irreversibles son las que merecen tiempo, como dejar un trabajo, mudarte o firmar un contrato. Estas piden investigación y asesoramiento, no decidirse más rápido.
Método dos: ponle fecha límite a la duda
Dudar sin fin te va consumiendo. Ponle a la decisión un límite de tiempo: cinco minutos para lo pequeño, un día para lo mediano, una semana para lo grande.
Si llega el plazo y sigues sin conclusión, es que la información que tienes ya no distingue más entre las opciones. En ese momento, usar una herramienta aleatoria para elegir es más racional que seguir arrastrándolo.
Método tres: fíjate en tu primera reacción
Herramientas como la moneda o la ruleta tienen un uso subestimado: te dejan ver si lo primero que sientes con el resultado es alivio o decepción.
Esa reacción suele estar más cerca de tu preferencia real que darle vueltas. Si el resultado es A y te decepciona un poco, es que lo que de verdad quieres es B. En ese punto la herramienta ya hizo su trabajo y puedes elegir B directamente.
Método cuatro: cambia “lo mejor” por “lo suficientemente bueno”
En psicología, los estilos de decisión se dividen en dos: los maximizadores siempre quieren encontrar la mejor opción, y suelen dedicar más tiempo y acabar menos satisfechos con la decisión; los satisfacientes se detienen en cuanto encuentran una opción que cumple su criterio y acaban más felices.
Para la gran mayoría de las decisiones cotidianas, lo suficientemente bueno es suficiente.